Caminábamos
bajo el sol, dirigiéndonos a donde nuestros pies nos llevaran. Para entonces la
piel de Álvaro estaba caliente, ardía como si fuese agua a punto de hervir; su
gorra apenas cubría una parte de su rostro, principalmente sus ojos y su
frente, aquella que en muchas ocasiones deseaba besar con mis labios
resecos, cuarteados como la tierra cuando extraña al agua, llenos de arrebato.
No sabía exactamente por
qué lo seguía, pero en el inútil intento de caminar más a prisa a su lado
resbalaba constantemente.
- ¿A
dónde vamos? –dije casi gritando , y un
silencio ostentoso me contestó, también gritando.
Algo dentro de mí me
decía que huíamos, tal vez de aquel mal que aqueja a todos los hombres en algún
momento de su vida, pero en esa ocasión sentía al mal más cerca que nunca, como
si al caminar con cada paso penetrara un golpe en mi ser, repartiéndose por mi
garganta, arañándola, estrujando mi mente, dejando mis pupilas resecas.
El sol se hundía en
nuestra sien. El calor era tan robusto y certero que en algunos momentos se asemejaba
aquello que llaman infierno. Siempre tuve miedo de llegar ahí por
discurrir en las cosas de la vida, hasta que Margarita me convenció de que
hacer mi voluntad era lo que me haría alejarme paso a paso de aquel mentado y
desconocido lugar. Aunque nunca me convenció completamente, siempre traté de
pensar que era lo mejor para mí, después de todo la felicidad solo la conocía
al ver a Álvaro. Era él quien me despegaba de los malos pensamientos y lograba
que algo en mi interior se separara de mi cuerpo, así como los
labios uno del otro al sonreír, ese algo solo para dárselo a él enterito.
Llevábamos ya más de un
par de horas caminando, arrastrando nuestro cansancio, cargando con nuestras
sombras. Álvaro parecía aquel montón de piedras sin recuerdo, sin intención
de advertir que yo permanecía a su lado, siguiéndolo con ímpetu, como si fuese
una pena, a pesar de tener las manos sucias, las rodillas maltratadas,
temblorosas, ásperas, y el alma en sus manos.
¿Pero qué estoy haciendo
aquí? - Me pregunte mas de una vez, y entre recuerdos se asomaba el gozo de
permanecer junto a Álvaro. Él era la felicidad que no conocía, no podía evitar
el sentimiento para con él, aunque esta vez no fuera mas que un reflejo
efímero, al que seguía entre aquel lugar inmenso, hinchado, irritado, harto de
ser recorrido por los dos, brusco y desolado. Cualquiera hubiera querido
desaparecer de ahí, era lo mas parecido a aquel lugar que Margarita
mencionaba, grotesco para cualquiera que con su presencia lo irrumpiera.
Pero no, no hacia falta
estar allí, volteé a ver a Álvaro; él era el infierno mismo, caminando junto a
mi, desolado y extraño, falto de aquello que quería… Era él,
inmenso, eterno, capaz de doblegar y abrasar con su presencia.
Un terror recorrió mi
espalda envolviéndome, el temor hizo tropezarme; no pude volver a levantarme,
no poseía mi propia alma.
¡Álvaro! - grite
asustada y doliente.
Despacio se agachó
frente a mi. Pude ver mi reflejo en sus ojos oscuros, aquellos que en todo el
camino no observé, aquellos en los que siempre me busqué y en los que en ese
preciso momento me encontraba, sin pertenecerme.
- Espera
aquí, - apenas se movieron sus labios, se dio la vuelta y se marchó
despacio.
- ¡Álvaro!
- grite sin que mi voz se escuchara en aquel espantoso lugar.
El
silencio
- Y él
desapareció para nunca regresar.