domingo, 31 de mayo de 2015

Libramos del fuego del infierno.

Caminábamos bajo el sol, dirigiéndonos a donde nuestros pies nos llevaran. Para entonces la piel de Álvaro estaba caliente, ardía como si fuese agua a punto de hervir; su gorra apenas cubría una parte de su rostro, principalmente sus ojos  y su  frente, aquella que en muchas ocasiones deseaba besar con mis labios resecos, cuarteados como la tierra cuando extraña al agua, llenos de arrebato.

No sabía exactamente por qué lo seguía, pero en el inútil intento de caminar más a prisa a su lado resbalaba constantemente.
-          ¿A dónde vamos? –dije casi gritando , y un silencio ostentoso me contestó, también gritando.

Algo dentro de mí me decía que huíamos, tal vez de aquel mal que aqueja a todos los hombres en algún momento de su vida, pero en esa ocasión sentía al mal más cerca que nunca, como si al caminar con cada paso penetrara un golpe en mi ser, repartiéndose por mi garganta, arañándola, estrujando mi mente, dejando mis pupilas resecas.

El sol se hundía en nuestra sien. El calor era tan robusto y certero que en algunos momentos se asemejaba aquello que llaman infierno. Siempre tuve miedo de llegar ahí  por discurrir en las cosas de la vida, hasta que Margarita me convenció de que hacer mi voluntad era lo que me haría alejarme paso a paso de aquel mentado y desconocido lugar. Aunque nunca me convenció completamente, siempre traté de pensar que era lo mejor para mí, después de todo la felicidad solo la conocía al ver a Álvaro. Era él quien me despegaba de los malos pensamientos y lograba que algo en mi interior se separara de mi cuerpo, así como los labios uno del otro al sonreír, ese algo solo para dárselo a él enterito.

Llevábamos ya más de un par de horas caminando, arrastrando nuestro cansancio, cargando con nuestras sombras. Álvaro parecía aquel  montón de piedras sin recuerdo, sin intención de advertir que yo permanecía a su lado, siguiéndolo con ímpetu, como si fuese una pena, a pesar de tener las manos sucias, las rodillas maltratadas, temblorosas, ásperas, y el alma en sus manos.

¿Pero qué estoy haciendo aquí? - Me pregunte mas de una vez, y entre recuerdos se asomaba el gozo de permanecer junto a Álvaro. Él era la felicidad que no conocía, no podía evitar el sentimiento para con él, aunque esta vez no fuera mas que un reflejo efímero, al que seguía entre aquel lugar inmenso, hinchado, irritado, harto de ser recorrido por los dos, brusco y desolado. Cualquiera hubiera querido desaparecer de ahí,  era lo mas parecido a  aquel lugar que Margarita mencionaba, grotesco para  cualquiera que con su presencia lo irrumpiera.
Pero no, no hacia falta estar allí, volteé a ver a Álvaro; él era el infierno mismo, caminando junto a mi,  desolado y extraño,  falto de aquello que quería… Era él, inmenso, eterno, capaz de doblegar y abrasar con su presencia.

Un terror recorrió mi espalda envolviéndome, el temor hizo tropezarme; no pude volver a levantarme, no poseía mi propia alma.

 ¡Álvaro! - grite asustada y doliente.
Despacio se agachó frente a mi. Pude ver mi reflejo en sus ojos oscuros, aquellos que en todo el camino no observé, aquellos en los que siempre me busqué y en los que en ese preciso momento me encontraba, sin pertenecerme.
-          Espera aquí, - apenas se movieron sus labios,  se dio la vuelta y se marchó despacio.
-          ¡Álvaro! - grite sin que mi voz se escuchara en aquel espantoso lugar.
    El silencio

-          Y él desapareció para nunca regresar.

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