Fue durante las
primeras semanas de mayo, cuando O. nos presentó. Anteriormente ya me había
hablado de ti, ese día amablemente dijo que me llevaría a verte, al
entrar me presenté. Me preguntaste mi nombre más de una vez. “Jazmín” dijiste,
a comparación de aquellos necios que insisten en llamarme “Yazmín” aunque los
corrija. Hablaste mucho, sí, me hartaste, tu altivez y sentido del humor fueron
un tanto desesperantes para mí, pues necesito interrumpir y hablar constantemente.
Recuerdo esa tarde en
que salimos de la conferencia en el IAGO Alcalá, en algún sillón de un café del
centro, platicamos mucho: La escuela, la tesis, las elecciones, el universo, de
alguna forma la palabra no dejaba de salir de nuestros labios. Te observé.¿Recuerdas el deslizar de mi vestido azul sobre mis piernas? Sí, fue apropósito como siempre lo ha sido
contigo. Te gusta, lo sé. Fue quizás desde entonces que una ansiedad por
tenerte me invadió.
Tiempo después estaríamos
entrando a un bar, sentándonos al fondo como dos desconocidos, pronto te
acercaste y me dijiste al oído “¿Ahora si puedo besarte?” tomaste mi cintura y con tu enorme mano apretaste mis mejillas para besarme. En
una siguiente escena en tu coche tomé tu mano mientras manejabas y la posé en
mi pierna izquierda… subiste. Así eran los encuentros, terminábamos satisfechos
dispuestos a seguir con la vida, casualmente todas esas veces llovía y las gotas
bailaban a nuestro ritmo.
Pero no era solamente
eso, no. De alguna manera tú inteligencia siempre me cautivo, en ti encontré el
bosque impenetrable de mi infancia, un resumen del mundo. Las cosas pasan por
algo dice la gente, que vieja excusa para creer en el destino, o no afrontar
decisiones o tal vez si, no lo sé.
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